Aprender a ser resilientes

La capacidad de ser resilientes —la capacidad de ser flexibles, de recuperarse de la adversidad— se ha meditado, estudiado y enseñado en tradiciones filosóficas y espirituales, y a través de la literatura durante milenios. La capacidad de sobreponerse de la adversidad y de aprender de ella es esencial para la supervivencia y el desarrollo tanto de los seres humanos como de las sociedades.

Actualmente, gracias a los avances en el terreno de las neurociencias, también sabemos que la resiliencia es resultado de la actividad de la corteza prefrontal del cerebro. Nuestro cerebro es flexible.  Las redes neuronales que subyacen a nuestras estrategias y comportamientos para afrontar los eventos de la vida pueden moldearse y modificarse de acuerdo a nuestras propias elecciones, mediante la neuroplasticidad autodirigida.

Ya sea que nos enfrentemos a pequeños contratiempos cotidianos o a adversidades más serias, globales incluso, nuestro cerebro tiene la capacidad de aprender a ser resiliente. Esto requiere el compromiso de la corteza prefrontal, el centro de la función ejecutiva en el cerebro. Es la estructura en la que más confiamos para nuestra planificación, toma de decisiones, análisis y juicios. La corteza prefrontal también realiza muchas otras funciones esenciales para nuestra capacidad de recuperación: regula la función del cuerpo y el sistema nervioso, maneja una amplia gama de emociones y sofoca la respuesta al miedo de la amígdala. Una función que es esencial para la resiliencia.

Todas las capacidades que desarrollan y fortalecen nuestra capacidad de resiliencia calma interior en medio de las tormentas, ver opciones con claridad, cambiar las perspectivas y responder con flexibilidad, elegir nuevas acciones, perseverar ante la incertidumbre y el desánimo ̶̶   son innatas en nuestro ser porque son evolutivamente innatas en nuestro cerebro. Requiere práctica y toma conciencia, pero tenemos el poder de hacerlo.

Ahora sabemos que la experiencia es el catalizador de la neuroplasticidad y el aprendizaje del cerebro para toda nuestra vida. La resiliencia puede disminuir, por ejemplo, por el impacto de un trauma agudo, o bien fortalecerse, por ejemplo, a través de la percepción de seguridad, al ser entendido y aceptado por otros, a través de la reflexión consciente o con el cultivo de emociones positivas. En cualquier momento, podemos elegir las experiencias que dirigen el aprendizaje del cerebro hacia un mejor funcionamiento.

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