Procrastinar la adultez

Procrastinar la adultez

(Inocencia irresponsable en las pubersociedades)

Imaginemos a Peter Pan como un adolescente rebelde. Su máxima rebeldía consistía en reaccionar a toda situación que en su vida lo invitara a crecer. Actualmente y cada vez con mas frecuencia, brotan (y no por lo verdes) Peter Panes de 30, 40 y 50 años aferrándose a una vida vacía de responsabilidad y madurez emocional.

¿Cómo podemos pensar este fenómeno creciente? 

Durante milenios nos hemos dedicado a colocar la autoridad en la religión o el Estado de Control, sea el Gurú o el Señor Feudal, ambos cumplían la misión de oprimirnos y asegurarnos a su vez la supervivencia. Entregábamos dócilmente la libertad a los efectos de sentirnos seguros. La cosa funcionó por siglos hasta que los seres humanos comenzamos a depositar nuestra confianza en otro lado. Pronto dejamos de mirar al cielo para encontrar las respuestas en nosotros mismos. El descubrimiento de la individualidad nos ofreció mas libertad de acción y elección y una suerte de ilusión de libre albedrío de adolescentes emancipados. La ciencia ocupó el lugar de la religión, y el Estado de Derecho ocupó el lugar de las dictaduras, los imperios, monarquías y demás Estados de opresión. Los valores hicieron foco en la libertad individual y en la felicidad autónoma. A partir del descubrimiento hedonista de si mismos, comenzamos a privilegiar los placeres inmediatos y las bellezas fugaces de la vida, mientras la ciencia comenzó la carrera de hacer todos los esfuerzos necesarios para hacernos inmortales. Hoy la longevidad es el nuevo fuego que Prometeo pretende birlarles a los Dioses. Para los países del primer mundo la expectativa de vida es cada vez mas larga, si no te suicidas, claro está.

Entiendo que si vemos la historia como una cronología humana, pasamos de la niñez tutelada por padres, tutores o encargados, a una desenfrenada adolescencia dedicada al gozo personal y el dolce-far-niente. Somos libres, la vida nos pertenece por el propio derecho de ser jóvenes y bellos. Ha nacido la pubersociedad. Sociedades donde ha caído en descrédito la responsabilidad de los individuos, con altos niveles de inocencia inimputable so pretexto de frescura y hedonismo. Aquí la responsabilidad es leída como un mamotreto que debemos cargar en nuestras espaldas con todos los mandamientos que no hacen más que quitarnos la libertad, en vez de considerarla como la imprescindible llave a la libertad. La adolescencia tan a mitad de camino, quiere todas las prerrogativas del mundo adulto pero sin pelusa. Una extensión ególica del mundo de la niñez pero con licencia 007, es decir con un alto poder de fuego. Así estamos asistiendo a sociedades donde es común observar fenómenos como el individualismo, la falta de compasión, y la inmediatez del deseo. Una sociedad acostumbrada a verse el obligo, una sociedad en la que todos los males siempre son «culpa» de alguien mas. El otro aquí solo aparece para cargar con las plagas, las molestias y los descaros, además por supuesto de correr con todos los gastos que requieran los platos rotos. El bajo registro del otro se vuelve endémico en la Pubersociedad. El peligro mas grave de este tipo de características sociales es cuando el otro es invisibilizado, pues deja de tener estatuto de par. Un otro que no es un par, deja al uno en el único lugar posible de lo humano. Un lugar de enorme separación y de incómoda soledad. No es casual por ello que las mayorías de las pubersociedades se sienta inconsolablemente sola y se vea compelida a zambullirse en una cantidad de distracciones afecto-sustitutivas (desde el sexo sin consciencia hasta los seguidores en las redes sociales). La Adolescencia Social modela nuestros narcisismos con al menos tres aspectos: la satisfacción inmediata, la baja gestión emocional y el nulo registro del otro. Queremos todo ya, sin importar las consecuencias, porque se nos debe y es lo justo.

La satisfacción inmediata, trae consigo una transgresión de cualquier límite que interpele el deseo, un deseo carente de propósito, cuya urgencia nos remite a la compulsión por ocultar el enorme vacío de ser los única especie en el planeta que sabe que va a morir, pero no sabe cuándo. Por cuatro días locos, rezaba una canción. Y sí, quizá si al menos supiéramos cuántos son los días locos tendríamos la oportunidad de organizarnos. Pero ¿Quién puede en la adolescencia ser consciente de la propia finitud?

La adolescencia biológica se caracteriza por una baja gestión de emocional, vestigios de una niñez apenas resuelta ayer sumada a una verdadera ensalada hormonal que garantiza la inestabilidad y constante fluctuación de una vasta paleta de emociones que irrumpe sin manual y con la dificultad de ser correctamente expresada ya que aún no se encuentra maduro la zona del lóbulo prefrontal, con la capacidad de racionalizar esas mareas incomprensibles. Entender nuestra emocionalidad implica cómo ésta afecta la del prójimo, volviéndose una misión imposible para un homosapiens adolescente. No nos educaron mas que para ocultar las emociones consideradas negativas socialmente. La negación de aquello que emocionalmente nos sucede, nos corroe por dentro y nos evita la oportunidad de entender qué significa para nosotros el advenimiento de cada emoción. Una emocionalidad incomprendida es una especie de estampida de elefantes dentro de un bazar chino. No solamente es peligroso sino que presagia destrucción. Cuanto menos comprendemos nuestras emociones menos conexión tenemos con este mamífero que habitamos para experimentar la paleta emocional en todos sus matices. Tapar la paleta es extinguir la oportunidad de la comprensión compasiva, la sinérgica mirada en donde confluyen cerebro y corazón. Saber gestionar nuestras emociones en encontrar el sendero que nos llevará definitivamente de vuelta a casa.

El tercer aspecto del narcisismo adolescente es el no registro del otro. La adolescencia es un período signado por la confusión. El caos es tan grande que solo podemos ocuparnos de ese extraño que nos habita y que nos ha robado la impunidad de la niñez. A su vez nos negamos a renunciar a esa inimputabilidad, que nos da la inocencia. El otro será par solamente si nos identificamos positivamente con él sino será el chivo expiatorio de todo lo que está erróneo en nuestra vida. El no registro del otro a su vez desnuda un interesante mecanismo de no registrarse a sí mismo. En la rebelión a la autoridad (llámese padres, sistema, o gobierno) y en la queja constante se oculta un yo completamente lleno de rabia contra sí mismo, por aquello que murió y ya no volverá a ser. Duelo por la infancia perdida. El otro extraño no deja de ser un reflejo de lo extraño en que nos hemos convertido para nosotros mismos. Socialmente el indivualismo propio de las pubersociedades desnuda la profunda frustración de no conseguir ser aquello que se muestra como ideal. La frustración se proyecta bajo el modo de ira a los que hacemos responsables de nuestros «fracasos». La «culpa» siempre ajena, nos devuelve en el espejo la eterna inocencia infantil, que tiene un precio que pagar del que no somos demasiado conscientes. La queja, la responsabilidad externa y la eterna inocencia inimputable, delinean un individuo impedido de acción y de coraje para tomar las riendas de su vida. Un personaje que sufre constantemente los embates del destino. Alguien que se constituye en víctima de la maldad ajena. Bajo esa impostura, demandamos aquello de lo que carecemos y pedimos lo que raramente estamos dispuestos a dar. 

El adolescente social, aunque tenga 80 años, no podrá tomar las riendas de su vida porque ha entregado su poder cuando renunció a la responsabilidad, esa llave dorada que nos abre las puertas a la transformación que el temor a crecer ha cerrado.

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